sábado, 8 de diciembre de 2012


2ª Fase: los Café Cantantes.

Denominada por muchos historiadores del flamenco como la etapa de esplendor o del apogeo salvo en el caso de algunos escritores del 98 que se pronunciaron de forma unánime como antiflamenquistas pues suponían que esto formaba parte de la España de la charanga y la pandereta, consiguiendo con esto que se retrasara en cerca de tres cuartos de siglo el que se reconociera a dicho arte los valores humanos que posee. Sobre los años 1.840 aparecen las primeras tentativas de crear establecimientos dedicados en exclusiva al cante y al baile flamencos.

El primer café cantante que conocemos empezó a funcionar en la calle sevillana de los Lombardos, pero el que le dio realce a estos cafés cantantes fue sin lugar a duda el célebre cantaor (discípulo payo del Fillo) Silverio quien a su vuelta de las aventuras que tuvo en Hispanoamérica sobre los años 70 del siglo XIX inauguró para bien o para mal del flamenco la era del cante y el baile enfocados como materia negociable. Los comentarios sobre la verdadera significación de los cafés cantantes en la historia del flamenco oscilan del elogio más incondicional hasta el más incondicional de los rechazos. Hay quienes consideran que estos cafés cantantes fueron los verdaderos artífices para que el cante y el baile flamenco fueran de la estimación popular, considerando a esos cafés como la gran oportunidad que se le ofreció a los cantes y bailes gitanos-andaluces para conquistar su más fructífera y generalizada estimación. Otros, por lo contrario, afirman que los cafés cantantes representaron algo así como la fábrica de las corrupciones en la evolución histórica del flamenco, destacando en esta opinión Antonio Machado Álvarez -Demófilo- (padre de los Machado) que lo publica y esclarece en su libro "Cantos Flamencos".

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      Café cantante El Burrero

Lo cierto es que ni tanto ni tan poco y sí que a partir de mediados del siglo XIX y a través de estos cafés, el flamenco empieza a reestructurarse formalmente y a ser conocido en muy diversos lugares de la geografía española, proliferando en todas las ciudades andaluzas, sobre todo en Sevilla, Cádiz y Málaga, y en otras no andaluzas, como Madrid, Barcelona y Cartagena, llegando la época dorada de los cafés de los señalados años setenta del XIX hasta los veinte del siguiente siglo.


Antonio Arévalo describe estos cafés como un gran salón en cuyos fondos se alzaba un tablado (el tablao) al que subían los artistas por unas pequeñas escalerillas de madera; alumbraban la estancia varios quinqués de los de media luz. Mujeres no solía haber entre los espectadores, todos eran hombres (campesinos, artesanos o propietarios...). En los cafés cantantes empezaban a desaparecer los corríos dando lugar a que tomasen verdadero auge las siguiriyas, soleares, cantiñas…., y gracias al genial Don Antonio Chacón empiezan a tomar forma, hasta cierto punto definitiva, cantes procedentes del fandango local como malagueñas, granaínas, cantes mineros o cartageneras.    

Además de D. Antonio Chacón (cantaor payo como Silverio) destaca también Francisco Lema "Fosforito", Manuel Torre, Diego el Marruro, Curro Puya y Enrique el Mellizo, llevando todos ellos, payos y gitanos, estos cantes junto con las soleares y siguiriyas a su más alta expresión.