viernes, 5 de septiembre de 2014

La Niña de la Puebla


ENTREGA Nº 95  6 DE SEPTIEMBRE DE 2014 

MUJERES QUE DEJARON Y DEJAN HUELLAS EN EL CANTE

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 LA NIÑA DE LA PUEBLA


La cantaora de la voz cristalina, la mujer como diría Manuel Martín Martín, de  la dul­zura luminosa del cante, DOLORES JIMÉNEZ  ALCÁNTARA LA NIÑA DE LA PUEBLA” ha pasado a la historia de nuestra cultura como una de las  la Señoras  más importante de nuestro genuino arte, diría el profesor  Manuel Herrera  de Dolores que “en una época en la que triunfaba el grito, ella era la musicalidad y los matices”.
El 28 de julio de 1908 en la localidad sevillana de la  Puebla de Cazalla nace nuestra cantaora y poco después de nacer tuvo como consecuencia de una desgraciada infección la pérdida de la visión. Cosa que como era natural le marcó desde su infancia pero que no supuso obstáculo alguno para su gran carrera artística.

En La puebla de Cazalla 
que orgulloso están,
de haber tenido a la cantaora
más grande de toda la humanidad
de la historia del flamenco 
que no se podrá jamás igualar,
su ceguera fue como una bendición,
para alúmbranos los caminos
del cante como pura salvación,
siempre la recordaremos
en el cielo y en la tierra,
porque fue una gran emperaora 
Siendo del cante una reina. 


De su madre, natural de Morón de la Frontera, heredó su afición a cantar y de su padre ese afán de superación lema constante a largo de toda su vida, él le escribiría casi todas sus letras que La Niña interpretara por los pueblos de la provincia sevillana quienes se maravillaban de escuchar a la joven alumna de Pepe Marchena, quién sin conocerlo personalmente, fue el cantaor preferido de “la morisca” cómo suelen llamar a los nacido en la Puebla.

Una vez que el maestro de Marchena la conoció se la llevó de gira con su espectáculo haciéndola debutar en el Olimpia de Sevilla en 1931, para más tarde triunfar en el cine Valladares de la capital de España o en el Salón Olimpia madrileño.

Ese mismo año (1932) debutó también en el Teatro Fuencarral, junto a El Carbonerillo y El Corruco de Algeciras y grabó  por primera vez  para la casa Regal, sus conocidos  Campanilleros que tanta fama le diera y que no pararía de cantarlos hasta un mes antes de cumplir los 91 años, concretamente el 14 de junio de 1999, cuando actuando en la Peña Flamenca de Huelva, cayó sobre el escenario y a pesar de las rápidas intervenciones y de los traslados urgentes, nos dejaría víctima de una embolia cerebral.

Sólo faltaba unos días para recibir en Santiago de Compostela la Medalla de Oro de las Bellas Artes de manos del Rey Don Juan Carlos, pero ella pareciera que se quiso despedir antes como apareciera al día siguiente en la prensa, realizando su sueño, en un escenario y cantando por soleares.

La Niña de la Puebla también hizo sus pinitos en el cine, la ceguera nunca fue obstáculo para sus proyectos ya que ella, mujer culta donde las hubiera, fue una apasionada de la literatura pues cada vez que podía adquiría libros en Braille de escritores entre otros como Víctor Hugo, García Márquez, Cortázar, Roa Bastos… y aprender guiones cinematográfico no supuso problemas para ella y así en 1933 participó en la película Madre Alegría, en obras como  Sol y Sombra, de Quintero y Guillén o Cuando la noche es eterna de Diego Isern y Lloset, representándolas en toda España.

Ese mismo año conoció al que más tarde sería su esposo, Lucas Soto Martín “Luquitas de Marchena”, con su marido compartiría la mayoría de los espectáculos junto a los más grandes de su época y en muchos de ellos años más tarde también le acompañó sus hijos Pepa y Adelfa Soto.


 En el año 1986, en Málaga recibió un merecido homenaje, un grandioso espectáculo en el que actuaron El Tiriri, Curro de Utrera, Fosforito, Antonio de Canillas, Barquerito de Fuengirola, José Menese, sus hijos Pepe y Adelfa Soto, y Manolo Carmona entre otros intérpretes.
                          
A partir de ahí le hicieron muchísimos homenajes, pero sin embargo no pudo asistir al que se le dieran en Santiago  de Compostela  con la imposición de la Medalla de Oro de las Bellas Artes pues unos días antes la voz se le quebró, aquella voz tan templada que contrastaba con los timbres rotos del cante desgarra­do.